
Septiembre 22, 2004 13:07
----------------------------------------
|
SEÑOR
PRESIDENTE KIRCHNER: CON
3 RESOLUSIONES DISTINTAS EN POCOS MESES Y UNA GRAVISIMA CORRUPCION EN
LA SAGPyA VAMOS RUMBO AL COLAPSO DE RECURSOS PESQUEROS. Señor
Presidente de la Nación :Roberto V Maturana DNI-10.675.751 se dirige respetuosamente
a usted y le solicita tenga a bien hacer algo fehaciente hacia
los recursos pesqueros Argentinos dado que por la corrupción imperante
en el sector, fogoneada por su hombre de confianza Gerardo Nieto en poco
tiempo estaremos con el mar Argentino vació. La
Pesca Nacional fue tomada como moneda de cambio de políticos de
turno y ha sido como el correo, caja para meter mano sin rendir cuentas
a nadie... Explicación
: En
octubre de 1997, la noticia de que la merluza hubbsi, la principal especie
pesquera comercial de la Argentina, se hallaba en un proceso de depredación
y próxima al colapso, generó alarma y asombro en la sociedad Argentina.
Nunca antes había sido esto tema de conocimiento público y sin embargo
el recurso había sido sobre explotado durante los últimos diez años. El
tema de las pesquerías forma parte de la temática del medio ambiente,
pero más específicamente de la del desarrollo sustentable. Esta se refiere
al impacto que produce la actividad humana sobre el medio ambiente, en
este caso la explotación de un recurso renovable, y a las consecuencias
que ello tiene, entre otras cosas, para el desarrollo de esa actividad
sostenida en el tiempo. A
pesar de que el problema se ha agudizado en la última década, la crisis
global de las pesquerías no es un fenómeno característico sólo de la actualidad.
Históricamente, los Estados han debido reaccionar a situaciones de crisis
marcada por la depredación del mar, y en ningún caso la regulación u ordenamiento
de las pesquerías se ha dado con anterioridad a la alarma de crisis. Por
el contrario, y dada la característica de acceso abierto que tiene este
recurso, la depredación es un resultado esperable de las acciones de los
actores, que actúan según el cálculo racional de lo que (identifican o
perciben) es su interés individual.
La
literatura económica sobre recursos naturales y política ambiental tiene
la capacidad de predecir cuál será la conducta de los pescadores dados
sus incentivos racionales, pero no cuál será la del Estado. Este trabajo
se centrará en responder a la pregunta de si el Estado tuvo incentivos
propios que operaron en detrimento de la regulación exitosa de este espacio
común. En
el trabajo de Anthony Downs, “Una teoría económica de la democracia"
el autor se pregunta si es posible distinguir entre el error de un actor
racional y el comportamiento normal de uno irracional. Si la racionalidad
es un sinónimo de eficiencia, ¿los comportamientos ineficientes son siempre
irracionales? ¿Los actores racionales pueden también ser ineficientes?
Para responder a esta pregunta de una manera consistente con el objetivo,
es necesario distinguir si la lógica política tiene una racionalidad propia,
e intrínseca a su naturaleza, al igual que aquella atribuida a los actores
privados por la teoría económica. En otras palabras, la falta de una política
de Estado, más que una manifestación de irracionalidad, fue y es el resultado
de una racionalidad política específica. El
caso puede dividirse en dos momentos. Por un lado, el período que se extiende
desde los comienzos de la industria pesquera en la Argentina (la década
del ´60) hasta fines de los ´90.
no me ocupare de describir este período, pero la identificación
de algunas de sus características principales le permitirá comprender
los eventos posteriores. El segundo período se da a partir de la toma
de conciencia del problema de la sobrepesca y el intento de articular
una respuesta estatal a partir de 1997. Si
los peces se extraen a una velocidad inferior o igual a la que se reproducen,
entonces la explotación que se realiza es sostenible en el tiempo. Si
por el contrario, ello ocurre a una velocidad superior a la que éste se
reproduce, entonces el recurso deja de ser renovable, se convierte en
un stock que se agota y colapsa en un horizonte definido de tiempo. Este
es el principio básico del desarrollo sustentable y la utilización racional
de los recursos. El
problema de las pesquerías se manifiesta como uno de los más críticos,
tanto por su lenta reversibilidad ecológica como por sus profundas consecuencias
sobre la actividad humana. Los
recursos de propiedad común se caracterizan por ser no excluyentes
–cualquiera puede utilizarlos a pesar de no haber pagado por ellos, y
no generan competencia –su uso por parte de un individuo no debe
afectar la oferta disponible para los demás. El
concepto de “La tragedia de los comunes” utilizado por Garrett Hardin,
se refiere a la dinámica social que opera en torno al uso y conservación
de un recurso de estas características. Cuando los individuos comparten
un recurso potencialmente agotable, en su esfuerzo por maximizar su ganancia
individual, tienen incentivos para sobre-utilizarlo, en detrimento de
los demás, en vez de cuidar de él para aprovecharlo indefinidamente con
el transcurso del tiempo. Nuestro
caladero presenta el ejemplo clásico de la tragedia de los comunes. Ante
la ausencia de restricciones, domina la “regla de la captura”: un pez
no pescado por un pescador está disponible para ser pescado por otro.
En vez de dejar que los peces crezcan y se reproduzcan el incentivo individual
de cada pescador determina su estrategia racional: Garrett
Harding, “The Tragedy of the Commons”, Science 162, 1968. En
un ejemplo análogo, el autor considera un área de pastura común, propiedad
de una aldea, que es utilizada por los rebaños de todos los campesinos.
Cada campesino obtiene el uso del espacio “sin costo”, de manera que si
uno evalúa la posibilidad de aumentar su rebaño en una unidad, en el cálculo
de sus costos no estará contemplado el costo de la pastura. Aunque el
uso de este espacio crezca, ningún campesino tendrá el incentivo individual
para restringir su uso del espacio. Este será sobre utilizado y en última
instancia depredado, en tanto su capacidad para regenerarse habrá sido
destruida. pescar
lo máximo posible, antes de que otros lo hagan. Con cada pescador enfrentándose
a este incentivo, el resultado inevitable es la sobreexplotación de la
pesquería. Con
el incremento exponencial de los costos de captura, las pesquerías en
estado de depredación han alcanzado su colapso comercial antes que el
biológico. Ello ocurre cuando el costo de atrapar un pez adicional excede
el beneficio de pescarlo, de manera que la actividad deja de ser rentable.
La función que cumplen los subsidios a la pesca es la de mantener las
dimensiones de la flota global a pesar de que ellas excedan la capacidad
de los caladeros. El resultado es una ecuación que lleva necesariamente
al colapso. La
característica de acceso abierto (open access) del recurso, resulta en
un rendimiento sub-óptimo del caladero y en una sobre-capitalización del
esfuerzo pesquero. Con un recurso de acceso abierto, no todos los costos
serán tenidos en cuenta: cada unidad adicional pescada, en un contexto
de depredación, reducirá la capacidad reproductiva propia del recurso
e incrementará los costos de búsqueda y captura para otros pescadores.
Porque los costos agregados son externos a un pescador individual, que
sólo considera sus propios costos y beneficios, en el tiempo, habrá demasiados
pescadores en el mar. Lo que hoy ocurre. Muchos más de los que al caladero
puede soportar. En
resumen, la teoría económica explica que los bienes comunes no tenderán
a ser excesivamente protegidos porque los incentivos individuales de los
actores privados están en conflicto directo con aquellos vinculados a
su conservación.
Como ningún pescador cree poder prevenir la depredación restringiendo
unilateralmente su captura, la pesquería tenderá al colapso a no ser que
existan instituciones que contrapesen los incentivos individuales.
Los
recursos de propiedad común son, por definición, propiedad de todos y
responsabilidad de nadie. En este contexto, el papel del Estado como responsable
del bienestar general adquiere relevancia en la
complicidad. Dados
los incentivos de los diferentes actores, el Estado es el único que puede
establecer la protección del recurso a través de la modificación de la
estructura en la que operan los actores privados. En otras palabras, porque
la estrategia que utiliza un actor se constituye, en parte, a partir del
conjunto de oportunidades disponibles que percibe, la introducción de
reglas de juego cambiará la manera en la que los actores perciben su conjunto
de oportunidades. De esta manera tenderán a modificar sus estrategias
individuales. Aquí
vemos como el estado que debe administrar es cómplice de los administrados
permitiendo que se violen leyes de manera sistemática
por medio de resoluciones hechas a medida de la necesidad del administrado
en desmedro de los intereses del país y sus actores sociales A
pesar de ello, el Estado también debe tener incentivos claros para hacer
un manejo eficiente del recurso, pues por no tenerlos, el vacío institucional
resultante confiere al recurso la característica de acceso abierto e ilimitado,
escenario similar al del estado de naturaleza de Hobbes. La literatura
que ha escrito sobre este tema ha tomado como un supuesto que el Estado
tiene los incentivos para regular, y que el problema se presenta en torno
a cuáles son los mejores instrumentos para hacerlo. El
caso de la depredación de la merluza
Argentina demuestra que el Estado tuvo y tiene incentivos adicionales,
que actuaron y actúan en
contra del establecimiento de medidas de ordenamiento y conservación.
[1]
Para un artículo clásico sobre el problema de los espacios comunes, ver
H. Scott Gordon, “The Economic Theory of a Common Property Resource: The
Fishery”, Journal of Political Economy 62 (abril 1954), p. 124-42.
También
ver: Colin W. Clark, “Profit Maximization and the Extintion of Animal
Species”, Journal of Political Economy 81 (agosto 1981), pp. 950-60. [1]
Frederick W. Bell, “Technological Externalities and Common Property Resources:
An Empirical Study of the U.S. Northern Lobster Fishery”, Journal of
Political Economy 80 (enero-febrero 1972), p. 156.
[1]
Para métodos alternativos de regulación comunitaria, ver Elinor Ostrom,
“Governing The Commons: The Evolution of Institutioons for Collective
Action”, Cambridge University Press, 1990. Subsidios
Comunitarios a las flota El
objetivo de los subsidios gubernamentales a las flotas industriales es
el de permitirles migrar y trasladarse a otras regiones del mundo, como
una forma de aliviar la presión que sufren las pesquerías en el país de
origen. Este es el caso de la Unión Europea, que enfrenta la necesidad
de reducir en un 40 por ciento su flota pesquera debido al colapso de
sus propias pesquerías. A través de Acuerdos de Pesca, La
UE paga 1,418 millones de dólares anuales en subsidios para enviar a sus
barcos a pescar a otras regiones, Japón paga 800 millones de dólares. Compañías
pesqueras multinacionales como Pescanova de España o Mitsubishi
de Japón, se benefician de los acuerdos de pesca que sus países firman
con terceros países, generalmente países en desarrollo, que enfrentan
la necesidad económica de incrementar la explotación de sus recursos.
Estas compañías mantienen operaciones globales con bases en Africa,
Asia, Oceanía y América Latina. La diversificación geográfica les permite
balancear la escasez de producción de una región con la obtenida en otra.
La UE mantiene acuerdos de pesca con países como Senegal, Cabo Verde,
Marruecos, y Venezuela. Esta
dimensión está presente en todos lo casos de colapso, ya sea del lado
de los barcos que se van (el caso de los países más desarrollados) o de
los que vienen (los países en desarrollo). En
primer lugar, y para comprender el surgimiento de la crisis, es necesario
enumerar los aspectos centrales en la historia del desarrollo pesquero
en la Argentina. En
el país nunca hubo una ley de pesca general ni una política pesquera.
La industria creció sin criterios gubernamentales definidos. Desde que
empezó a experimentar un importante crecimiento en los años ´60, la actividad
pesquera se desarrolló en un contexto de vacío institucional y ausencia
de reglas de juego y esto se extendió hasta fines de los años ´90.
En este sentido, prevaleció el principio de la denominada “pesca
olímpica”, cualquiera podría pescar cuanto pudiese sin necesidad de un
permiso. En términos nacionales la pesca de desarrolló de manera marginal,
a la sombra de los temas agropecuarios, que recibieron toda la atención
por parte del Estado y de la sociedad. La
pesca creció en torno a la industria fresquera, compuesta por pequeñas
y medianas empresas, muchas de ellas familiares, que operaron en este
ámbito anárquico. En otras palabras, cada uno se las arreglaba como podía.
Esto determinó que a fines de los ´90, cuando comenzó la crisis, el sector
pesquero nacional llevara 30 años empleando a sus trabajadores en negro,
subdeclarando el volumen de sus capturas y operando en el mar con absoluta
libertad, este escenario reproducía el modelo clásico de recurso de acceso
abierto e irrestricto y los actores privados nunca pensaron en restringir
sus capturas, por el contrario, tuvieron incentivos para pescar cuanto
pudiesen. Este principio no tuvo efectos inmediatos sobre el recurso,
en la medida en la que la industria se hallaba subdesarrollada, pero a
medida que ésta creció, la falta de regulación se hizo cada vez más nociva.
En
las cuestiones de la pesca, el Estado fue siempre un actor secundario.
Nunca se le había prestado atención a esta actividad y, a pesar de la
abundancia de los recursos, nunca se la consideró como una actividad estratégica
para la Argentina. A
principios de los años ´90, con la necesidad de mejorar las exportaciones
y obtener mayores recursos económicos, el Estado decidió explotar sus
recursos pesqueros a su máximo nivel. Sin embargo, esta decisión política
no fue acompañada por un cambio en la manera en la que se percibía al
mar tanto desde el Estado como desde la sociedad, ni por la introducción
de normas o regulación.
La
necesidad de exportar más coincidía con el objetivo de la Unión Europea
(UE) de deshacerse de capacidad pesquera excedente y de acceder a nuevos
recursos en otras partes del mundo. De manera análoga con lo que ocurre
con la crisis global (ver capítulo 2), la UE subsidió el ingreso de sus
buques a través de joint ventures con empresarios argentinos. Para
ello, se firmó un convenio para el establecimiento de sociedades mixtas
en 1992, y posteriormente el Acuerdo de Pesca de 1994. Recién
a partir de 1995, y dado el espectacular incremento de buques congeladores
que se había experimentado en los últimos años, se empezó a pensar por
primera vez en un marco regulatorio general.
Ese año comenzó a gestarse la Ley Federal de Pesca (ley 24.922), que tardaría
dos años hasta su aprobación final en el Congreso a fines de 1997, y que
contemplaba el establecimiento de Cuotas Individuales de Captura, instrumento
que regulaba y ordenaba el caladero. Hasta
ese momento, los incentivos del Estado habían sido claramente comerciales
y la conservación del recurso simplemente no había sido percibida como
algo importante o necesario.
Incluso
a mediados de 1997 todavía no se hablaba del estado biológico del recurso
o de la conservación, a pesar de que las primeras advertencias del Instituto
Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) acerca de la
sobreexplotación de la merluza hubbsi, comenzaron en 1988.
Recién
en 1998, cuando comienza a caer de modo alarmante el nivel de capturas,
se toma cuenta de que el recurso estaba en una situación crítica y que
había que hacer algo al respecto. El sector empresario y sindical, la
flota pesquera al estar acostumbrada a operar en el vacío institucional,
percibiría como una amenaza cualquier acción del Estado que intentara
regular (es decir, reducir y apartar ilegales ) la pesca. En
1998 todavía existía un margen de acción para tomar medidas restrictivas
y sin embargo ellas no se tomaron.
Más allá de los incentivos comerciales que caracterizaron a la
política
pesquera durante la década de los noventa, ¿existieron otros incentivos
estatales que no permitieron el abordaje de la cuestión de forma ordenada
y clara a partir de 1997? Si la Corrupción desmedida que hizo pisotear
las Leyes hasta hoy Impunemente. La
Argentina captura cerca de 1.500.000 de toneladas de pescado y exporta
el 60 por ciento de las capturas por valor de 900 a 1.000 millones de
pesos. La merluza representa el 50 por ciento de los productos pesqueros
argentinos. El
procesamiento en plantas industriales de tierra es del orden del 30 por
ciento, mientras que en los buques factoría se procesa el 70 por ciento
restante. Otros países obtienen un mayor valor por tonelada, como Noruega,
Islandia, Nueva Zelanda o Sudáfrica, Estados eminentemente pesqueros,
que tienen otra relación en el grado de industrialización de los productos,
a los cuales se les asigna una mayor cantidad de horas/hombre y un mayor
valor agregado. Por el contrario, la Argentina exporta productos con
un bajo nivel de valor agregado y está sujeta a una gran dependencia de
los mercados extranjeros. La
Argentina ha experimentado un importante crecimiento en las capturas de
productos pesqueros, fundamentalmente en la última década. Del ‘60 al
‘70 duplicó sus capturas, al igual que en la década siguiente. Del ‘80
al ‘90 sólo creció en un 40 por ciento, pero en la década del ‘90 la
captura se multiplicó tres veces. Pasó del orden de las 550.000
toneladas a casi 1.500.000. Esto ha llevado a la merluza hubbsi, que es
la principal
especie comercial, al borde del colapso. Los
desembarcos declarados en los últimos diez años, por tipo de flota, indican
una relación en la cual la flota fresquera, o sea, aquellos que traen
el producto enfriado para ser procesado en plantas de tierra, ha mantenido
su captura en forma más o menos estandarizada. Sin embargo, el incremento
de la flota congeladora se ha disparado en forma muy nítida a partir de
1993, aumentando considerablemente su proporción en la captura. En 1992
existían 62 buques congeladores mientras que en 1999 el número llegó a
302. Los
congeladores permanecen varios días pescando en alta mar, procesan y congelan
su producción a bordo sin la necesidad de volver a tierra. Poseen una
capacidad de pesca mucho mayor a la de los fresqueros. En
el buque congelador, se congela y empaca el pescado, y se lo mantiene
listo para enviar al mercado consumidor. Una vez en el país de destino,
se descongela y trabaja, otorgándole valor agregado. Cuando coincide con
un buque mercante, el transbordo se hace en el puerto y se exporta directamente.
Esta actividad industrial reduce las ventajas comparativas de la
producción Argentina frente al mercado internacional y tiene un impacto
negativo sobre la mano de obra nacional empleada en el sector. Por
ejemplo, sobre 30 mil toneladas de merluza anual, una planta en tierra
obtiene entre 12 y 14 mil toneladas de producto final (incluyendo la harina
de pescado y el reciclado de los desperdicios que se utiliza para elaborar
pasta de merluza). Esta planta emplea alrededor de 850 trabajadores y,
con las 30 mil toneladas iniciales, logra exportar entre 21y 25 millones
de dólares. En
cambio, un buque congelador hace con la misma cantidad bruta de pescado,
12 millones de dólares de exportación y ocupa a 100 personas. Los congeladores
tienen una capacidad mucho mayor de captura, mientras que la industria
fresquera tiene más posibilidades de elaborar productos de mayor valor
agregado, empleando una mayor cantidad de mano de obra. En
términos de actividad, los fresqueros deben destinar 60 días por año en
el puerto para realizar las tareas de logística; los congeladores pasan
sólo 42 días. Desde que los fresqueros salen del puerto, llegan al caladero
y vuelven nuevamente a puerto, se calculan alrededor de 120 días de navegación
por año mientras que los congeladores ocupan 21 días al año. Ello se explica
porque los congeladores pueden estar entre 60 y 90 días seguidos pescando,
hacen menos viajes al puerto y están permanentemente procesando sobre
el cardumen. Los fresqueros tienen una pesca efectiva de 185 días al año,
mientras que los congeladores tienen 302.
Hasta
principios de la década de los ’90, la pesca estaba concentrada principalmente
en los barcos fresqueros. A partir del convenio de sociedades mixtas con
la UE de 1992, y más claramente bajo el Acuerdo de Pesca de 1994, la proporción
de los congeladores en la captura comenzó a crecer exponencialmente. Por
esta razón se duplicó el esfuerzo de pesca. La
flota fresquera pescó 280.155 toneladas en 1991 y 264.037 toneladas en
1997. Los congeladores pescaron 127.775 toneladas en 1991 y 321.454 toneladas
en 1997. La flota fresquera mantuvo constante su nivel de capturas mientras
que la congeladora lo incrementó en más del doble. Entre 1992 y 1997 las
capturas realizadas por los fresqueros crecieron 11 por ciento, mientras
que las realizadas por los congeladores crecieron 149 por ciento.
CON UNA CANTIDAD IMPORTANTE DE BUQUES CONGELADORES ILEGALMENTE
INGRESADOS QUE TRIANGULARON
PERMISOS DE PESCA AUMENTANDO EL ESFUERZO PESQUERO HASTA LA FECHA.
ENRIQUECIENDO ILÍCITAMENTE A ARMADORES EN COMPLICIDAD CON LOS ADMINISTRADORES
. El
colapso de la merluza hubbsi La
merluza hubbsi o merluza común, es la especie que registra tradicionalmente
el más alto volumen de capturas, las que se han incrementado sostenidamente
a lo largo de la década. En 1988 las capturas de merluza alcanzaron
las 297.000 toneladas mientras que en 1996 treparon a las 597.000 toneladas,
lo que representa un incremento mayor al 100 por ciento. La pesca de la
merluza en el Mar Argentino se duplicó en diez años. A los
datos oficiales hay que sumar los montos no declarados (lo que se pesca
y procesa “en negro”), y las capturas incidentales o by catch: la merluza
pescada por buques que pescan otra especie y es devuelta al mar, sin vida.
Por otra parte, también influyen de forma negativa las tasas estimadas
de descarte en alta mar: la cuarta parte de los ejemplares de merluza
es arrojada sin vida nuevamente al mar por no alcanzar las tallas mínimas
requeridas. Esta estimación permite definir que en el año 96/97 se llegó
aproximadamente a las 800.000 toneladas.[7]
(300.000 toneladas más que las proporcionadas por los datos oficiales). El
INIDEP, organismo científico dependiente de la Secretaría de Agricultura,
Ganadería, Pesca y Alimentación, es el encargado de evaluar el estado
del recurso y determinar la Captura Máxima Permisible (CMP), es decir,
cuánto se puede pescar sin que se vea amenazada la sustentabilidad del
recurso. Ya
en 1986, un informe del INIDEP que estudiaba el período 1966-1983, concluía
que la explotación del recurso merluza común se encontraba próxima a su
máximo rendimiento sostenible y que existía un sobredimensionamiento de
la flota.
[1]
Idem. [1]
Las cifras presentadas en este trabajo son las oficiales. Se estima que
las cifras reales son mayores. [1]
Verazay, G.; y Otero, H. “Nuevas estimaciones del rendimiento máximo sostenible
de la población de merluza común (merluccius hubbsi) a ravés de
los modelos de producción excedente.” Publicación de la Comisión Técnica
Mixta del Frente Marítimo. Vol 1 (1) 1986, pp. 233-39. Los
mayores excesos de capturas se dieron a partir de 1995, cuando la captura
real superó en un 47 por ciento a la Captura Máxima Permisible. Ese porcentaje
fue del 50 por ciento en 1996 y del 48 por ciento en 1997. En los últimos
años, la producción se ha reducido notablemente como consecuencia de la
crisis del caladero por la cantidad de buques ilegales que operan en el. Las
250.000 toneladas desembarcadas en el primer trimestre de 1997 ya equivalían
al 63 por ciento de la captura máxima permitida. A fin de año los desembarcos
superaron en un 50 por ciento a la recomendación.
Los ejemplares juveniles fueron sometidos a una gran presión,
ya que se estima que al menos 40 por ciento de las capturas afectó a ejemplares
de talla pequeña. La pesca prematura representa una amenaza para
el ciclo biológico de la merluza, ya que compromete su sustentabilidad
futura, así como las posibilidades de recuperar el stock, que se ha
reducido a menos de la mitad en los últimos años.[10]
Los
indicadores biológicos mostraban que el estado del recurso era grave y
muy alta la probabilidad de colapso. Ante este panorama, el INIDEP señaló
que para garantizar la sustentabilidad del recurso no se debían pescar
mas de 289.000 toneladas de merluza durante el año 1998, el mínimo recomendado
en toda la década. Sin embargo, en 1998 se pescaron más de 415.000 toneladas.
[11] En
1999, la pesquería se encontraba compuesta principalmente por ejemplares
juveniles (que aún no habían desovado una vez), por lo que su captura
implicaba la ruptura de la descendencia y la caída de la biomasa en los
años siguientes.[12]
Los
datos técnicos que alertaban sobre la posibilidad de colapso eran coincidentes.
El dato central era la baja de un grupo de peces denominado "biomasa
reproductiva virgen", son los peces que se conservan como reserva
reproductiva año tras año. 1994:
Acuerdo con la Unión Europea [1]
Diario Clarin, ”Cayeron a la mitad las reservas de merluza adulta.”,
16 de noviembre de 1998 [1]
Diario Clarin, “Los pescadores argentinos tienen miedo de desaparecer.”,
18 de enero de 1999 En
1988, la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación (SAGPyA),
sancionó la Resolución 946 por la cual no se emitirían más permisos para
pescar merluza de los que ya existían. Por esta razón, cualquier barco
que fuese incorporado a la flota argentina debería obtener la transferencia
de una licencia ya existente, de un buque que debería dejar de operar.
El
Acuerdo de Pesca con la UE se extendió desde 1994 hasta mayo de 1999.
Según este, sus pesqueros quedarían habilitados para asociarse con similares
argentinos y cumplirían ciertas condiciones: podrían reemplazar buques
argentinos por europeos tecnológicamente más modernos pero con igual capacidad
de captura. Seguiría prohibido el otorgamiento de nuevos permisos de pesca
de merluza pero se podrían transferir los que ya estaban vigentes. En
la cesión de los permisos no podrían obtener permisos nuevos los buques
cedentes ya que se debia darlos de baja del registro Nacional de Buques
(aun
hoy todos pescan) La
UE estaba expresamente interesada en deshacerse de buena parte de su flota
por la presión que ejercían sobre sus propios recursos. Esta es la razón
por la que destinó a la operación un subsidio de 130 millones de dólares
30 para el Estado y los 100
restantes fueron destinados a las operaciones para asociarse con los argentinos.
MAS
CORRUPCIÓN . Es
generalmente aceptada la idea de que el responsable de una empresa privada
vertería sus desechos contaminados en un río cercano, si no tuviera que
pagar los costos de su acción. Lo mismo ocurrirá con los incentivos de
un administrador político. Si éste no es directamente responsable (personally
accountable) por permitir que una empresa vierta sus desechos tóxicos
al medio ambiente, entonces es de esperar que lo permita. Ello sucederá
en una relación inversamente proporcional al grado de accountability
que enfrenta; a mayor exposición, lo permitirá menos. De manera análoga,
cuando los costos políticos que debe pagar por tomar una determinación
sean altos, es de esperar que retrase esa decisión. Además,
cuando los actores privados, beneficiarios de aquellas políticas, no deben
pagar los costos por sus acciones, demandarán aún más permisividad de
sus “representantes”.[13] LA
CUEVA HOY COMO AYER TRABAJA
A FULL. En
el sector administrativo de la subsecretaría de pesca,es conocido bajo
el nombre de “la cueva”, trabajaban alrededor de 100 personas. Jorge
Quincke, el Director Nacional de Pesca, era el responsable por la
irresolución de 4000 sumarios, muchos iniciados hacía 20 años como
pudo comprobarse. [14]
Horacio Monsalvo, segundo de Quincke, era el encargado [1]
Diario La
nación,“El
Gobierno busca transparencia en el sector pesquero.”, 05 de enero de 2000 [1]
Entrevista con Juan Carlos Villalonga de Greenpeace, op cit. [1]
Diario
La nación,
“La Pesca, ante un panorama incierto.”, 11 de noviembre de 1999. de
fiscalizar la base del sistema de control satelital –Monpesat- y a quien
se señaló como uno de los responsables por la caída del sistema. El
incidente del cese del control satelital, comenzó cuando en una carta
enviada a la SAGPyA, la empresa española Saincel Sistemas Navales, adjudicataria
del servicio de control satelital, anunció la interrupción de las prestaciones
por “falta de pago... ausencia de propuestas concretas... e incumplimiento
de compromisos”.[15]
A partir del primero de octubre de 1999, el sistema dejó de funcionar.
La deuda ascendía a un millón de dólares, en tres años nunca le habían
pagado a la empresa. Al comienzo del contrato los equipos habían quedado
frenados por varios meses en la Aduana. Representantes de la empresa española
dijeron que faltaba voluntad de la secretaría para ingresarlos.[16] Ante
el cese del control Monpesat, unos 400 buques, que eran monitoreados,
continuaron pescando sin ningún tipo de control oficial. Monsalvo informó
que los buques saldrían a navegar con el equipo satelital inoperativo.
Asimismo reconoció que había muchos más permisos de pesca que los que
“deberían haber”.[17] “LOS
FUNCIONARIOS: HOY CAMBIARON DE ESCRITORIOS O MANTIENEN SUS SEGUNDAS LINEAS
TODO ES COMO SIEMPRE” Ejercitados
en la vieja escuela de la burocracia más hermética, estos funcionarios
eran los encargados de otorgar los permisos de pesca y volúmenes a cada
barco, controlar la flota, librar actas, iniciar sumarios, etc. Mantenían
el monopolio funcional de la actividad pesquera en el Mar Argentino. La
lentitud de la gestión administrativa, el otorgamiento discrecional de
permisos, el escaso control del mar y la falta de trasparencia fueron
los rasgos distintivos de la administración pesquera que hasta hoy nos
quita el futuro. [1]
Diario La
nación,
“La pesca marítima, sin ningún control oficial.” 20 de octubre de 1999. [1]
Diario La nación, “La pesca ante un panorama incierto” op cit. [1]
Diario La
nación,
“La pesca marítima, sin ningún control oficial.” op cit. La
marginalidad relativa de la actividad le confirió un carácter de hermetismo
al sector pesquero. Esto posibilitó que las cuestiones relativas a la
pesca se manejaran casi en secreto respecto del resto de la sociedad.
Ni siquiera el Estado en su conjunto sabía lo que ocurría con la pesca,
más allá de los organismos gubernamentales específicos.[18]
La actividad pesquera fue, desde siempre, una incógnita social que estuvo
reservada sólo para aquellos que se vinculaban directamente con ella,
y para nadie más. Esta “ausencia de la cuestión pesquera” explica, en
parte, la falta de visión que tuvieron las autoridades de la necesidad
de estrategias de crecimiento claras. Nadie
explica ni se responsabiliza porqué se desoyeron las alarmas
científicas de sobreexplotación que sufría el recurso, que comenzaron
a sonar diez años antes.
El INIDEP nunca publicó sus resultados, que quedaban en un ámbito estatal
muy reducido y en manos del Dr Fernando Georgiadis que manejaba toda la
información de manera personal de acuerdo a cada oportunidad . Dada su
estrecha vinculación con el sector, a través de la falta de transparencia
que caracterizó a los funcionarios de pesca de todas las administraciones,
las advertencias nunca se extendieron públicamente. Tampoco
existieron incentivos por parte de la prensa para investigar qué ocurría.
Dado el lugar que ocupaba la pesca en el ideario de la sociedad, el impacto
potencial de las noticias pesqueras no era muy grande. La prensa comenzó
a publicar notas respecto de la situación pesquera recién a partir de
1997, cuando la crisis que se vislumbraba comenzó a tener el potencial
de “escándalo”. Este
doble objetivo gubernamental (aumentar las exportaciones y el prestigio
del gobierno) tuvo como consecuencia la duplicación del esfuerzo pesquero
en el Mar Argentino y el establecimiento, en 1997, del récord de exportaciones
de productos pesqueros por un valor de 1000 millones de dólares. Lamentablemente,
éste marcó el punto de partida del vertiginoso descenso en el nivel de
capturas y el resquebrajamiento del sector.
No hubo una política de promoción responsable de las exportaciones. Al
no tener en cuenta la explotación racional de la pesquería dentro de esta
estrategia, el boom exportador desembocó, en el transcurso de un
año, en la mayor crisis del sector pesquero de la historia Argentina. Otro
factor determinante de la falta de una política de Estado fue la falta
de independencia gubernamental respecto del sector pesquero. ( Hoy
es igual que ayer) La
corrupción generalizada y perenne no fue secundaria en este caso, sino
que fue uno de los determinantes centrales del incremento de capacidad
pesquera y de la falta de controles en el Mar Argentino. Los intereses
creados, que se beneficiaron de la permisividad, no sólo afectaban al
sector privado sino que también influían sobre aquellos funcionarios públicos
asociados con aquellos hasta la fecha. (hoy como ayer) Al
aumentarse indiscriminadamente el esfuerzo de capacidad sobre la pesquería,
sin contar con un marco legal general, se fomentó el descontrol. No
se visualizaron las consecuencias sociales que esto podía traer, o en
todo caso, se postergaron esas consecuencias para el futuro. En
su trabajo “Una teoría económica de la Democracia”,
Anthony Downs se pregunta si es posible distinguir entre el error
de un actor racional y el comportamiento normal de uno irracional. [19]
La aparente irracionalidad que se manifestó a partir de la falta de una
política de Estado fue en realidad el resultado de una racionalidad política
específica del actor gubernamental, análoga a aquella atribuida a los
actores privados por la teoría económica. Respecto
de éstos últimos, ya se han destacado los fundamentos teóricos que explican
las acciones de los actores privados frente a un recurso de acceso abierto.
En este caso, los Armadores tuvieron
incentivos para consumir cuanto pudieran, antes de que otros lo hicieran.
Además, se ha descripto que las características de la zona pesquera en
el Mar Argentino, emulaba a aquellas de un recurso de acceso abierto dado
el vacío institucional imperante. En este contexto, la literatura económica
sobre recursos naturales y política tiene la capacidad de predecir la
conducta de los Armadores dados sus incentivos racionales, pero no ocurre
lo mismo respecto del comportamiento del Estado El
caso de la merluza demuestra la existencia de una racionalidad propia
e inherente al proceso político, similar a aquella atribuida a los actores
privados en el sentido de que se articula a partir de incentivos específicos.
Esta situación es coherente con la teoría de Downs que se basa en la premisa
de que el objetivo principal de un gobierno es el de maximizar su apoyo
político a través de los votos, y no el de buscar el bienestar general.
La
literatura sobre la regulación de los recursos naturales no siempre distingue
la diferencia entre el análisis de los procesos políticos y del mercado.
Esto ocurre por no reconocer que el sector político opera externalizando
los costos. Un político, que no es dueño del recurso que debe administrar,
no enfrenta todos los costos de oportunidad de sus decisiones. Tendrá
en cuenta sólo los valores que el proceso político le obligue tener, es
decir, tendrá mayores incentivos para responder a los grupos de presión
política específicos, más que a una estrategia que priorice el largo plazo.
Con relación a la idea general de Downs, esto surge de reconocer el lugar
relativo que ocupan el corto y el largo plazo en la función costo-beneficio
de los actores políticos.[20]
Mientras
que las elites políticas se comportan de una manera que pareciera ser
económicamente irracional, (en este caso hipotecando el bienestar futuro
de un sector económico y social) se comportan de una manera
que es políticamente racional. Las decisiones que se tomen serán las respuestas
óptimas a las situaciones políticas que enfrentan, y las que maximizarán
la función de costos políticos, pero que no necesariamente son aquellas
conducentes al bienestar social en el largo plazo. La
lógica política, que es de corto plazo, se encuentra en conflicto directo
con aquella necesaria para la conservación de los recursos y el desarrollo
sustentable, que es del largo plazo. Esta contradicción fundamental,
intrínseca a los diferentes ámbitos, dificulta el desarrollo de políticas
coherentes y responsables. Asimismo, este dilema reproduce la misma lógica
que el juego de “la tragedia de los comunes” explicada en el inicio
: una contradicción entre lo que es individualmente ventajoso y aquello
que es socialmente correcto. “Ir
al colapso de la especie es una política pesquera, porque hacerlo diluye
las culpas”
según Juan Carlos Villalonga, Director de la Campaña de Pesca de Greenpeace
Argentina,[21]
[1]
Terry L. Anderson and Donald R. Leal, op cit. [1]
Robert H. Bates, op cit.
Ver también: Barry R. Weingast, Kenneth A. Shepsle, and Chistopher
Johnson, “The political economy of benefits and costs”, Journal of
Political Economy 89 (1981), pp. 642-64. Esta
espiral de crisis que se genero equivale a un círculo vicioso descendiente
que se agrava con cada retraso de la decisión de aplicar la Ley y quitar
del mar Argentino a la flota que pesca ilegalmente. Si la inacción estatal
se basó y se basa en evitar aplicar la Ley , entonces a medida que pasa
el tiempo, y la crisis empeora, esa decisión se vuelve cada vez más urgente.
El resultado es el actual una situación de crisis continua que desemboca
en el colapso del recurso. El
espiral de crisis es complejo porque abarca a todos los jugadores e involucra
una dimensión temporal. A medida que el gobierno posterga su decisión
de fondo (por ejemplo, quitar del
caladero a los buques ilegales y reordenando el tamaño de la flota),
la crisis empeora porque el sector sigue sobredimensionado por la triangulación
de permisos, pero cada vez se pesca menos. En la medida en la que pasa
el tiempo, y la permanencia de los actores de la Administración pesquera
se mantienen aun con los cambios de gobierno y crece mas la Inmunidad
Impune de los Armadores ilegales. Desde
el punto de vista privado, se ha dicho que es perfectamente racional tratar
de seguir pescando lo máximo posible hoy. En los casos en los que el
Estado goza de poca credibilidad, es decir, en el que los actores no sienten
que el gobierno no vaya a
protegerlos, el incentivo para maximizar la pesca hoy se incrementa con
su impunidad. En
Canadá, con el colapso del bacalao en 1992, el gobierno declaró una veda,
pero además destinó dos mil millones de dólares para hacer frente a la
crisis social que generó el colapso, que en ese caso ascendía a 40.000
desempleados. En la Argentina, el anuncio del cierre del caladero no
estuvo acompañado por un plan de reestructuración, ni por fondos económicos
que acompañaran la decisión y le confirieran un carácter estratégico,
ni por ninguna otra medida que significara una preocupación por el futuro
del sector pesquero. En este contexto, aumentó aún más la racionalidad
de los actores privados para oponerse a estas medidas aisladas. La
señal que el gobierno envió durante 1999, era que no tenían la menor idea
de qué hacer ante el colapso inminente.
Al decidir no absorber los costos políticos de tomar una decisión acertada,
se pospuso la decisión que debería llegar, y que determinaría costos políticos
aún mayores. Este espiral de crisis se mantiene aún hoy cuando aún
no se han tomado medidas estructurales y el caladero se dirige hacia el
colapso. Con el modelo de estos incentivos políticos, es posible predecir
que esta situación se extenderá hasta fines del 2004 o comienzos del 2005,
hasta finalizar con el colapso definitivo del recurso. En ese caso,
y sin otros incentivos que se interpongan en el camino y que impulsen
modelos sustentables de desarrollo, es posible (y esperable) la continuidad
de este modelo de explotación
irracional hacia otras especies, replicando el caso de la merluza con
otros peces, como nos ocurre hoy con el
el calamar. No
ha habido ningún caso en el que la regulación de una pesquería se haya
dado con anterioridad a una crisis porque lo que se busca es desarrollar
una industria e incrementar las exportaciones, cuando se toma cuenta de
la equivocación de sobredimensionar la flota y afectar la sustentabilidad
del recurso, se trata de tomar medidas que solucionen la situación
. Las
presiones políticas que ejercieron sobre el Estado Argentino los sectores
que debían ser regulados, le generaron mayores incentivos políticos para
mantener a la industria sobre-dimensionada no ejercer controles
necesarios para organizar las capturas de modo eficiente y sustentable
para el futuro. [22]
Todo
lo antedicho, sin embargo, se basa en el supuesto de que el gobierno sabe
qué es lo que tiene que hacer pero que no lo hace por cuestiones políticas
y la justicia sigue a la par en su adiccion al poder politico. Esto
está presente en toda la literatura de economía política aplicada
a los recursos naturales. Sin embargo, el caso Argentino pareciera
ser aún más crítico ya que el abordaje de la crisis durante 1999 se presentó
como una extensión del caos, la desinformación y la incertidumbre que
imperó en el sector a lo largo de los 30 años anteriores. ¿Quiénes
ganaron y quiénes perdieron con la depredación de la merluza? Resulta
claro que en el largo plazo perderán todos, pierde la sociedad en su conjunto,
y se pierde una oportunidad de desarrollo y de empleo. Sin embargo, es
parte de la ironía de este caso que quienes más se han perjudicado (y
se perjudicarán) por la depredación de la especie, han sido en gran parte
responsables de la crisis. Por esta razón, este caso es un típico ejemplo
de lo descripto como la “tragedia de los comunes”, en el que los incentivos
individuales difieren de la situación socialmente deseable. Funcionarios
y políticos pasaron por alto durante una década y aun hoy las advertencias
y recomendaciones científicas sobre cuál debería ser la explotación óptima
del recurso. Siempre existió la necesidad de organizar a la industria
pesquera, de establecer reglas claras para su crecimiento, y de hacerlo
en torno al principio de desarrollo sustentable y el uso racional del
recurso. Al llegar la crisis, tanto el Estado como el sector pesquero
comprendieron de repente que el interés por la preservación del recurso
trascendía el ámbito científico o el mero reclamo de ambientalistas. Esta
cuestión se deberia convertir
en realpolitik, a la hora de enfrentar las consecuencias del mar
vacío. Señor
Presidente: La
necesidad es impostergable de encarar los temas de desarrollo desde una
perspectiva de explotación racional y de desarrollo sustentable. En esta
explicación, quedan evidenciadas las profundas consecuencias políticas,
sociales y económicas que tiene el comportamiento contrario que usted
permite quizas sin saber la magnitud del daño al que nos lleva a los recursos
y trabajadores del sector. Asimismo,
el concepto de “desarrollo sustentable” y el del bienestar para las “generaciones
futuras” es abrazado por todos los actores sociales hoy en día, especialmente
por aquellos que, irónicamente, hacen más daño al medio ambiente y a las
generaciones futuras. Esta idea también ha sido plasmada en el artículo
41 de la Constitución Nacional reformada en 1994. A pesar del extenso
contenido discursivo, el compromiso general que existe con las futuras
generaciones es aún incipiente. Para lograr cambios sustantivos en la
manera en la que se enfocan las cuestiones ambientales las generaciones
actuales deben ser revalorizadas, porque cuidar de las generaciones
futuras presenta necesariamente un esfuerzo adicional y siempre es menos
cuantificable que cuidarnos a nosotros mismos. Este
error de enfoque debería contemplar a las cuestiones ambientales
como un activo importante, incluso para las generaciones presentes. El
caso de la depredación de la merluza le mostrará durante los próximos
años, seguramente de forma trágica, el impacto que tuvo el no atender
estas cuestiones con un enfoque responsable por parte de la Justicia que
nada ha hecho para variar el destino de un Crak biológico y social anunciado.
En
la medida en que se perciba que estas cuestiones son verdaderamente importantes
e impostergables desde el punto de vista social y económico, existirán
mayores incentivos para encararlas con un compromiso político verdadero
que asegure el futuro pesquero a nuestro amado pais. Si
el Señor Presidente quiere dar solucion a este desastre y reordenar la
actividad debera urgente y primariamente: 1)
Dar de baja los todos buques ilegales de forma sumarisima. 1a)
Las empresas no pueden reclamar nada pues se verian querelladas por el
estado por enriquesimiento ilicito.(el estado no tiene costo, pero se
acaba la caja de funcionarios y politicos) 2)
Promulgar una RES que de un plzo de 12 meses para reconvertir todos los
congeladores en fresqueros, ordenadamente y basados en el rigor tecnico
y cientifico. 2a)
Dar facilidades en IVA y aranceles exportables a quien construya los buques
en el pais. A quien los importe aumentarle 3 veces los gravamenes por
el ingreso de nave construida en otro pais. 3)
" Vaciar la SAGPyA empezando por G Nieto, CFP, y todas las segundas
lineas que permanecen desde la pasada decada garantizando Impunidad para
que nada cambie. 3a)
Redistribuir y reasignar en otras dependencias del estado, como aduana,
migraciones etc al personal de la SAGPyA que no tenga sumarios por actos
de corrupcion. Respetuosamente
Señor Presidente¿Usted quiere hacer algo por la corrupcion de sector antes
de que colapse en forma irreversible o le interesa explotar el petroleo
de las cuencas maritimas y debe para ello vaciar el mar de pescados? VIVA
LA PATRIA SEÑOR PRESIDENTE. No
perdono ni olvido Yo
no me rindo NO
SE OLVIDEN DE ESPINOZA!!!
ROBERTO V MATURANA
Oficial de Marina Mercante-Investigador
Asesor del H.C.N.
|
NOTA :(©)
Todas las informaciones son de libre difusión y uso siempre que se mencione
la fuente ( Seprin.com) .
Personas On Line en SEPRIN :