Por "Christian E. Sanz" Y Prologo de Juan
Salinas
Contenido:
-Prólogo: Los misterios de Tío Al Yabrán ("Christian
E. Sanz"-
Cap I. ”RAICES DEL PODER”
-Las raíces crecen bajo tierra
-Hogar, dulce bunker
-Mis hijos naturales: legítimos y putativos
-Amistad: divino tesoro
-El señor de los anillos
-La perinola: toma todo
-Siempre fuimos compañeros
-El juego de la OCA
-Pasaporte a la aventura
-Los Invasores
-Los superagentes no se rompen
-Donde las águilas se atreven
-Cap II. ”COMPRAR LA LEY”
-Duro de votar
-El valor de la ley
-A Cavallo regalado
-Segundas partes nuncas son buenas
-Imagen de radio
-Nosotros, que nos quisimos tanto
-Cap. III. “LA VERDADERA ADUANA PARALELA..”
-Su atención por favor!
-Perdiendo el control
-Depósitos a plazo fijo
-No hay nada más lindo que la familia unida
-Amigos son los amigos
-Zona franco
-Gran negocio Gran
-Los tres mosqueteros
-Preguntas sin respuestas
-Bailar pegados
-Conflictos de exportación
-Cap IV. “ATENTADOS Y LA GUARDIA IMPERIAL”
-Ejército en las sombras
-La Pesada
-Zaprám rima con Yabrán
-La cuadratura del círculo
-Más allá de la frontera
-Conexiones peligrosas
-Atentados: la aventura del hombre
-Sorpresa y media
-No hay dos sin tres
-El cartero dispara dos veces
-Durmiendo con el enemigo
-La procesión también va por dentro
-Cap V. “DROGAS”
-Blancas encomiendas
-El condor pasa
-Conservando la “línea”
-El primero te lo regalan...
-La madre patria: Conexión España
-Buenos muchachos
-Mercasur
-Cap VI. “LA MAFIA”
-El primer mundo
-Argentinísima
-Basura de negocios
-Cuando un amigo se va
-Camino al cielo
-La boca del pez
-Mambrú se fue a la guerra
-Gente que busca gente
-Cap VII. “EL GRUPO”
-Lo que el viento se llevó
-Lazos de sangre
-Cap VIII. “SECRETOS COMPARTIDOS”
-La fuerza del cariño
-Porque es un buen compañero...!
-Enemigos íntimos
-No va más!
-Cap IX. “AHORA, MULTINACIONALES”
-Entrevista con un vampiro
-El correo del zar
-El fantasma de Canterville
-Duda cartesiana
-Unidos o dominados
-Sintonía de amor
-Cap X. “TRAICION AL AMANECER”
-La fiesta inolvidable
-Crimen por encargo
-Testigo indiscreto
-Los sospechosos de siempre
-Al final del camino
-Historia universal de la infamia
-Otra vuelta de tuerca
-El amor en tiempos de cólera
-La sociedad de los poetas muertos
-Cap XI. “EL PRINCIPIO DEL FIN…”
-Dios los cría...
-Somos mucho más que dos
-El fierecillo domado
-A modo de final...
-Cap. XII. “MUERTO AL LLEGAR”
-Sinfonía inconclusa: Hipótesis sobre una muerte
-Bibliografía
PROLOGO
Los misterios del Tío Al Yabran
La única diferencia sustancial entre Alfredo
Enrique Nallib Yabrán y otros empresarios que se
enriquecieron vertiginosamente en el curso de
una década, durante los oscuros “años de plomo”
de la última dictadura, fue su sistemático
recurrir a la violencia como última ratio.
Lejos del estereotipo del gánster que suelen
pintar el cine y la televisión, fue en este sentido como
en los demás, un administrador cuidadoso. El
primer misterio del Tío “Al Yobrán” (como
pronuncia su apellido Monzer al Kassar, oriundo
del mismo pueblo de sus padres pero nacido en
un hogar de las clases altas) es el garrafal
error de apreciación que a todas luces constituyó el
asesinato de José Luis Cabezas. ¿El crímen de
Cabezas se explica por la borrachera de la
impunidad o Yabrán jamás decidió asesinarlo y
alguién se montó en su evidente deseo de darle
una lección y le cantó Jaque Mate?
Lo cierto es que su destino pudo haber sido otro
de no mediar este crímen, en el cual no cabe
duda que estuvieron implicados sus custodios.
Cuando Cabezas fue secuestrado y asesinado,
Yabrán venía ganándole la partida a su
archirrival, Domingo Cavallo, el ministro de Economía del
mismo Gobierno que lo tenía como socio en las
sombras y principal financista.
Dentro del sistema, Cavallo es la antítesis de
Yabrán. La horma de su zapato. Mientras aquél
quiere reformar el Estado y no ve otro camino
que compatibilizar los usos y costumbres
nacionales con el baremo de los países
industrializados, a fin de agregar a la Argentina a este
bloque de cualquier modo, aunque más no sea con
el estatus de Nueva Zelanda, Yabrán creía a pie
juntillas en los valores
del sistema tal como éstos fueron siempre se aplicaron en Argentina: para
triunfar hay que ser amigo del juez y sobre
todo, correr con el caballo del comisario.
Como Pablo Escobar, Yabrán quizá pensara que lo
perseguían por haber pasado con rapidez y
eficiencia de ser, como aquél, un humilde ladrón
de lápidas a un brillante empresario de
inversiones de riesgo. Que no le permitían
triunfar personalmente porque triunfos como el suyo
suelen ser familiares: el resultado de los
afanes de dos o tres generaciones. Que lo envidiaban
porque había triunfado.
Cuando Cavallo reparó en que tras las elecciones
de 1995 y la sospechosa muerte de su hijo,
Menem se había inclinado decidida y
definitivamente en favor de su enemigo; cuando comenzó a
sospechar que todas sus conversaciones eran
grabadas y se dió cuenta que no podía confiar en los
policías que lo custodiaban, sintiéndose
acorralado, arremetió contra Yabrán como un toro en la
arena de la Cámara de Diputados, donde lo hizo
objeto de sus embates durante once horas
seguidas. Allí lo estigmatizó como jefe de “una
mafia enquistada en el poder” y obligó a Menem,
primero a farfullar que no conocía de mafias y,
después, a enmudecer.
Desde entonces, Cavallo fue considerado -por el
Gobierno que integraba- un traidor a una ley no
escrita y se desató una guerra apenas asordinada
por el temor a una fuga masiva de capitales. Pero
cuando Cabezas murió, el eje Menem-Yabrán
parecía tener ganada la partida: era Cavallo, no
Yabrán, quién estaba cerca de la cárcel.
Cabezas y el momento y lugar en que fue
asesinado constituían el denso centro de demasiadas
encrucijadas. Y demasiados procuraron sacar
alguna tajada que los beneficiara, hasta el punto de
que el testamento político de Yabrán, la
solicitada que tenía preparada para su publicación en
Clarín, cuando decidió que antes que verse
preso, mejor era volarse la tapa de los sesos, se
lamenta de que la muerte de Cabezas hubiera sido
utilizada por “unos y otros” para tapar
crímenes aún más horrendos, como “el bombardeo
de la AMIA”. Yabrán sabía de qué hablaba,
porque toda su organización hizo lo imposible
porque no se avanzara más allá de la superficie en
la tarea de identificar a los asesinos de 86
personas, entre connacionales y bolivianos.
Para comenzar, Cabezas estaba a metros de la
casa veraniega de Duhalde y su cadaver
carbonizado y humeante fue previsiblemente visto
por el gobernador cuando, a eso de las siete de
la mañana, pasó por aquél camino generalmente
desierto para ir a pescar a una laguna.
Duhalde se creía el futuro Presidente y se había
atrevido a cortar relaciones con Yabrán y a
obstaculizar el propósito de éste de construir
una segunda Pinamar (hasta el advenimiento del
menemismo el principal refugio de clases
pudientes que rehuían a la exposición pública) en torno
a un puerto deportivo.
Para continuar, para seguir, Cabezas acababa de
salir de la fiesta del principal socio-competidor
de Yabrán, el “capitán” Oscar Andreani, de quién
era amigo desde que se había convertido en el
fotógrafo de sus hijos. Andreani lo recibía en
la cocina y tomaba mate con él. Estaba muy
conmovido desde que, no hacía dos meses atrás,
había salvado la vida por estar a pared de por
medio de una impresionante balacera. Fue cuando
la sede de su empresa, en Avellaneda, fue
blanco del asalto más cruento de los anales de
la historia policial de la Argentina, con el saldo de
una decena de muertos: todos los asaltantes, el
principal testigo y dos policías.
A Andreani, que se imaginaba tratando a Yabrán
como a un par una vez que su amigo Duhalde
fuera presidente, muchas cosas de ese asalto no
le cerraban: el jefe de los policías, por ejemplo,
había sido el comisario Mario Rodríguez, alías
Chorizo, un experto en “ratoneras” al que se le
atribuían más de cien muertos. Las ratoneras son
emboscadas. Es necesario que haya un buchón
entre los asaltantes, y la carencia de éstos se
suple “embalando” rateros para que peguen el salto y
se animen a acometer asaltos a mano armada, algo
que se logra ofreciéndoles el “dato”, algunos
gramos de cocaína y, en ocasiones, hasta las
armas.
De ahí lo de ratoneras: trampas para cazar
rateros. Lugares donde los gatos-policías esperan
emboscados. Hay variantes: fusilarlos cuando se
aprestan a consumar el asalto o, la más utilizada,
esperar a que lo cometan. En ambos casos,
siempre uno de los asaltantes logra huir: es el
confidente.
Y en el segundo, casi de cajón que será acusado
de haber huído con el dinero, que nunca aparece.
En estas emboscadas no hay heridos. Los
malvivientes no leen los diarios y acuden una y otra vez
a las mismas ratoneras. Y son muy cabezones, de
otra manera no se explicaría que siempre
mueran de uno o dos tiros en la cabeza. Por lo
que nadie puede narrar la génesis del asalto, ni
decir el nombre del traidor.
Pero en ocasión del asalto a Andreani también
murieron dos policías, uno de ellos oficial y con un
balazo dado por detrás. ¿Qué había pasado?
Andreani dudaba: el Chorizo Rodríguez era
señalado en voz baja como uno de los muchos
comisarios mensualizados por Yabrán. Y Rodríguez
tenía sendos primos, también comisarios, al
frente de las comisarias de Villa Gessell y
Pinamar, eje durante ese verano y los anteriores de un
intenso tráfico de cocaína.
El primo de Pinamar, Alberto Gómez, alías El
Paisano o La Liebre, era un lacayo de Yabrán. Sin
embargo, por alguna razón, Cabezas confiaba en
él, lo visitaba en la comisaría y comía asados
con el comisario en la casa de su suegro.
Casado con una chica del lugar y conocedor de
las entretelas de una ciudad que en invierno
apenas supera las siete mil almas, Cabezas
estaba obsesionado con Yabrán. Había diseñado
cuidadosamente el operativo en el que se tomó al
empresario que no tenía rostro una primera serie
de fotos, y había seguido luego detrás de su
rastro como un perro de presa. Estaba convencido de
que Yabrán era más poderoso que el propio
Presidente y le resultaba obvio que en Pinamar se
estaba blanqueando dinero sucio a raudales.
También tenía motivos para sospechar que entre
todo aquello y el virtual monopolio de la
cocaína por la policía bonaerense, había un hilo
conductor.
Acuciado por su instinto y por la redacción del
semanario para el que trabajaba, Noticias,
Cabezas buscaba con ahínco sorprender a Yabrán
con una amante, y también se había interesado
en una sospechosísima saga de robos a las casas
de Pinamar. Robos cometidos por rateros a
sueldo de policías que a su vez eran
subordinados de La Liebre y del Chorizo... quien a su vez era
íntimo del principal barón del duhaldismo y
protector de una red de dealers: pequeños traficantes
que operaban en la zona.
Los policías que empleaban a los “escruchantes”
de mansiones eran los mismos que no hacía un
año habían iniciado una feroz ofensiva contra
Diego Maradona y su manager, sospechado de ser
el dealer y proveedor de mujeres de algunos
íntimos del Presidente.
Algunos amigos del manager habían comenzado
artesanalmente a introducir una nueva droga de
diseño: el Extasis, lo que desafiaba a los
monopolizadores de la distribución de la más telúrica
cocaína. La ofensiva judicial y policial
materializada en el “Operativo Cielorraso”, llamado así
porque su principal objetivo se encontraba junto
al “techo”, fue diluyéndose tras sus éxitos
iniciales. Quienes la habían lanzado, creían
contar con el respaldo de Duhalde, pero éste se había
desmarcado, privándolos de protección.
¿Fue el asesinato de Cabezas una venganza? Y si
así lo fue ¿De quién? ¿De Yabrán? ¿De la
policía? ¿De ambos? ¿O de algún poder
multinacional interesado en sacar de escena a Yabrán?
Lo único claro como el agua fue que la guardia
de corps de Yabrán y policías bonaerenses
participaron del asesinato.
Expuesto a la luz pública, Yabrán comenzó a
desmenuzarse como un vampiro en el Sahara, a
pesar de la solidaridad que le demostró
públicamente el Gobierno.
Yabrán exigió y obtuvo que lo recibieran en la
Casa Rosada para recibir públicamente sus quejas.
Y aunque Menem hizo trabajar de chambelán al
coordinador de sus ministros que le puso cara y
oídos, la soleada escena constituyó una de las
postales más alucinantes de la época. Millones de
argentinos descubrieron brutalmente en esa
escena que no era Menem el jefe de Yabrán: ambos
tenían poderes complementarios y equivalentes, y
que gran parte de sus negocios comunes
permanecían en la sombra.
Después, sin solución de continuidad, vino la
caída. Fue con el primero de los dos golpes
demoledores con que Duhalde resucitó de entre
los muertos y acotó el poder de Menem: la
confesión de la mujer del principal asesino
material de Cabezas, el policía Prellezo, de que éste
trabajaba para Yabrán.
Tras recibir el golpe del knocout, Yabrán tardó
algo, demasiado, en comprender cabalmente que
había sido puesto fuera de combate. Traicionado
y abandonado por parte de sus pretores,
amenazado para que no abriera la boca, un Yabrán
al que habían persuadido de poner a nombre
de otros o vendido las empresas que nunca tuvo a
su nombre ni había reconocido, seguía
confiando en sus amigos. Hasta que al llegar
aquella partida de policías a la estancia en la que se
ocultaba, comprendió que estaba perdido. Las
amenazas habían sido claras: su familia sufriría las
consecuencias. Y él no podía imaginarse
amedrentado en una celda, temiendo cada día el
momento de la ducha. Y tampoco podía imaginarse
sucio, ni sufriendo humillado. Por lo que
puso drástico fin a su carrera, evitándolas.
De la misma manera en la que su nombre e imagen
habían irrumpido en los medios,
monopolizando sus portadas, de repente
desapareció, dejando decenas de interrogantes sin
respuesta.
Para empezar, ¿quién era realmente Yabrán?
Podríamos decir que fue nuestro Al Capone, aún
más grande que el original a pesar de tomarse
escrupulosamente en cuenta las muy distintas
escalas de los Estados Unidos y la Argentina.
Ambos se especializaron en la formación de
oligopolios y en la fijación de precios de una variada
gama de servicios. Ambos sobornaron a políticos,
gobernantes, policías y guardiacárceles (aunque
El Turco aventajó a Caracortada al penetrar
profundamente en las fuerzas armadas) y ambos
fueron decididos enemigos de cualquier sindicato
u organización que no pudieran controlar.
Capone creció gracias a la Ley Seca, como los
Broffman y los Kennedy. Yabrán creció durante la
dictadura, como los Bulgheroni y los Macri, pero
también los Fortabat y Soldati. Capone “fue el
primero en utilizar el camión, el teléfono y la
metralleta para unificar el crimen”, destacó Andrew
Sinclair al prologar la ilustrativa biografía
del gángster de Chicago que escribió F.D. Pasley.
Yabrán fue el primero en utilizar los camiones
transportadores de caudales, las sacas de correo y
las armas de fuego” para hacer lo propio. Y si
“Capone había conseguido posiciones importantes
en los negocios de comunicaciones y limpieza”,
Yabrán ejercía su control sobre el mercado de las
agencias de seguridad ofreciéndole un segundo
empleo a policías, gendarmes, guardiacárceles y
suboficiales de las fuerzas armadas, mientras
conchababa a sus mujeres en sus empresas de
limpieza.
A los comisarios de más rango también les
conseguía trabajos bien remunerados, al servicio de
políticos amigos o en sus propias empresas, que
se habían extendido hasta los canales de cable.
Yabrán fue mucho menos sanguinario que Capone,
pero también fue mucho más eficiente en
utilizar la violencia potencial, aleccionadora y
disuasora. Lo hizo tras asimilar el fracaso de las
mafias rosarinas de los años 20 y de constatar
el fracaso de la Camorra, la N’drangheta y la Cosa
Nostra en hacer pie en estas playas en los
últimos treinta años. Y de escuchar el rezongo de sus
hombres por encontrar que todos los negocios
ilegales se encontraban férreamente controlados
por el aparato de seguridad del Estado.
Pero como no confiaba enteramente en los
policías que pagaba, reclutó a su servicio a muchos de
los más conspicuos prebostes de los más
eficientes campos de concentración y exterminio de la
historia americana.
Astutos, inteligentes, grandes organizadores,
resueltos e insensibles, Capone y Yabrán quizá
hubieran podido hacerse ricos como decenas de
ladrones de guante blanco y lavar el dinero
malhabido si no hubieran sido, como fueron,
hijos de inmigrantes nacidos en los márgenes: en los
suburbios de Brooklyn el primero, y en un
pequeño pueblo de Entre Ríos el segundo.
Ambos fueron generosos a la hora de recompensar
favores y atenciones -como si rindieran tributo
a algún negado complejo de inferioridad- y
modélicos padres y hombres de familia que respetaron
a ultranza los rústicos tabúes acuñados durante
en sus infancias y fortalecidos, en el caso de
Yabrán por apotegmas tan educativos como “ojo
por ojo y diente por diente” y “al enemigo, ni
justicia” y “el mejor enemigo es el enemigo
muerto”.
Capone y Yabrán fueron por igual apolíticos y
conservadores, decididos enemigos de cualquier
revuelta o desafío al orden establecido y amigos
sinceros de jueces, policías y funcionarios
corruptos, y se consideraban a si mismos como
auténticos hombres de negocios, aunque duros,
básicamente honestos, ya que eran los pocos que
conservaban su palabra y pagaban sus deudas y
compromisos aunque no estuvieran escriturados en
contratos.
A su modo de ver, todos hacían de una manera u
otra lo mismo que ellos, sólo que lo ocultaban
detrás de una maraña de subterfugios leguleyos.
La extorsión y el crímen no eran más que medios
para obtener metas socialmente glorificadas,
anheladas no sólo por simple ansía de dinero, sino
por que consideraban que el Poder podría
volverlos más que impunes: invulnerables. El Poder,
estaba para ellos más claro que el agua:
borraraba cualquier pecado original.
No estaban tan errados, pues quizá sea verdad
que es mayor crimen fundar un banco que
asaltarlo. Al menos la historia argentina
demuestra que los que fundan y vacían bancos suelen ser
los mismos. Y aunque casi todo el mundo conoce
bancos quebrados, casi nadie conoce banqueros
fundidos.
Yabrán apostó a la globalización, articulando
sus negocios con otros grupos internacionales, pero
la globalización le pasó por encima, como a
tantos otros emprendedores artesanos argentinos.
Es que lo suyo era demodée en un país que aspira
a ser receptor de los fondos de capitales que
exigen a coro seguridad jurídica para sus
inversiones. Esto es: que jueces y policías les garanticen
el retorno de sus ganancias, y no que deban
necesariamente sobornarlos para lograr hacer lo que a
cualquiera con suficientes amigos en el Estado
le corresponde por derecho propio.
A Yabrán, como a Capone, le faltó el charme
suficiente para entremezclarse en los clubes, círculos
y entidades empresarias que, quizá, le hubieran
permitido a sus hijos difuminar los orígenes de
una fortuna súbitamente amasada.
¿Era el jefe de una mafia argentina o apenas
uno, el más notorio, de sus capos familiares? ¿Acaso
era el socio local de una vasta organización
internacional?
Quizá fuera todas esas cosas a la vez, pero
averiguar si sólo era el socio oculto del Poder local o de
uno internacional exige profundizar en varios
temas. Por ejemplo en cómo YPF perdió mil
millones de dólares durante la dictadura. En
cómo la autopista a Ezeiza costó casi la misma suma.
En de qué manera se destruyó el correo nacional.
En cuál fue el desarrollo de la Logia Propaganda
Due de Licio Gelli, más allá de resonantes
fichajes como los de Massera y Suárez Mason. Entre
otros.
También implica estudiar a fondo el desarrollo
del Irangate, el negocio de los transportes de
caudales y del clearing bancario, el proyecto de
construir el misil Cóndor II, los negocios con la
Fuerza Aérea y el control de los aeropuertos,
las relaciones de Yabrán con Siria y otros países
árabes, su breve pasaje por Italia y los
negocios encarados en España por su amigo Heberto Gut
Beltramo.
Y los de Jorge Antonio, de su maestro Diego
Ibañez, y de Emir Yoma, el otro vértice del triángulo
criollo. Y medio centenar de atentados pequeños
y medianos, desde el incendio de las sacas de un
correo privado, pasando por el “suicidio” del
brigadier Etchegoyen, hasta llegar a las voladuras de
la embajada de Israel y la AMIA.
Y, sobre todo, el tráfico de armas y de drogas,
desde la epoca del affaire Irán-contras hasta las
ventas a Bosnia y Croacia.
Pasaran cincuenta años y seguirán apareciendo
libros que se interroguen sobre la figura de
Yabrán, que creció como un hongo entre las
sombras en el mundo de la plata dulce y el auge de la
triangulación de armas, drogas y dinero, del
mismo modo que Capone iluminado por los tableteos
de las metralletas Thompson en medio de una Ley
Seca que permitía ganancias jamás inferiores al
ciento por ciento.
El libro de Franco Caviglia y Christian Sanz
tiene el mérito de ser el primero y desbroza el camino
obligado que pronto recorrerán otros interesados
en iluminar las zonas más oscuras de las últimas
décadas de historia nacional, una tarea
impostergable para que Argentina se dote de una cultura
que le permita volver a ser, como alguna vez
prometió ser, un crisol de razas: el espejo donde la
Humanidad pueda mirarse para atisbar un futuro
deseable.
Juan
Salinas
San Telmo,
25 de octubre de 1998.
CAPITULO 1: Raíces del poder.
" El poder es tener impunidad. Ser poderoso
es ser un impune, un hombre al que no le llega nada
(...) Para mí, un poderoso es el que consigue o
tiene la posibilidad de conseguir una ventaja”
Alfredo Enrique Nallib Yabrán.
LAS RAÍCES CRECEN BAJO TIERRA
-“Pero Mingo, no hay pruebas... Todo el mundo
habla de Yabrán pero no hay nada contra él.
Mirá, le he pedido un informe a la side y no
tienen una sola prueba”, rezongo Carlos Menem.
-“Carlos, vos sabés que la side no es eficiente.
No es ninguna novedad que no tenga información”
–respondió el ministro Domingo Cavallo.
-“¿Y quién es más eficiente? ¿quién tiene una
prueba?” –dió por zanjada la discusión el
Presidente.
El diálogo tuvo lugar en noviembre de 1994.
Antes de que pasaran nueve meses, Cavallo iba a
denunciar que Alfredo Yabrán era “el jefe de una
mafia enquistada en el Poder” ante el pleno de
la Cámara de Diputados y con trasmisión directa
a todo el país.
Nallib Miguel Yabrán llegó a la Argentina desde
Siria en 1920, y poco después se instaló en el
pueblo de Larroque, a unos 40 kilómetros de
Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos. Aunque no
puede asegurarse con certeza de que lugar exacto
de Siria provenía, su apellido procede de
Yabrud, una pequeña ciudad de Siria que hoy no
llega a los 70.000 habitantes y que entonces no
bordeaba los 20.000.
Yabrud tiene una situación estratégica. Está a
38 kilómetros al norte de Damasco sobre la
carretera nacional 5, y es la encrucijada que
une a las principales ciudades sirias con el fértil valle
libanés de Bekaa, del que la separa la
cordillera del Antilíbano, que se extiende paralela a la costa
mediterránea.
De Yabrud son originarios, entre otros famosos,
los Al Kassar, los Tfeli y los Menehem, parte de
cuya familia cambió (o, mejor dicho, le
cambiaron) el apellido por Menem.
Yabrud siempre fue el lugar por donde desde
épocas inmemoriales tanto el hashish como los
derivados del opio –ya sean cosechados en el
valle como los procedentes de Turquía y del
“Triángulo del Oro” asiático- recalaban antes de
pegar el salto hacia Europa. Su fama es tan
turbia que los damasquinos tiene un refrán:
“Mejor tratar con un judío que con alguién de
Yabrud”.
Prolífico y longevo, Nallib tuvo diez hijos y
casi la misma cantidad de ocupaciones: comerciante,
peluquero, prestamista, criador de vacas y
heladero, entre otras. De sus hijos, además de Alfredo,
el más pequeño de los varones, habían muerto
anteriormente otros dos chicos.
Dos hermanas de Alfredo viven en Buenos Aires:
la psicóloga Beatriz y Nelly. Los otros cinco
viven en Larroque: Angélica, la mayor, maestra
jubilada, más conocida como Coca; José, alias
Toto, quién se encarga de la administración de
los campos de Alfredo a través de la firma Yabito
(su apodo de pequeño); Miguel, llamado
familiarmente Negrín, dueño de una empresa de
transportes que recorre todo el país; Carlos,
que se hizo conocido públicamente cuando atacó a
tiros a una periodista, y María del Carmen.
Fue Alfredo, nacido el 1 de noviembre -Día de
Todos los Santos- de 1944, quién haría famoso el
apellido. Una paradoja en un hombre que siempre
procuró no llamar la atención.
De pequeño, lo llamaban Quico. Quienes lo
conocieron entónces lo recuerdan con pantalones
cortos y camisa blanca recorriendo el pueblo con
un carrito hecho con un cajón de manzanas y
ruedas de bicicleta para ofrecer los helados que
fabricaba su padre. Recuerdan también su férrea
voluntad de no dejarse prepotear por nadie. Para
cuando cumplio 15 años, había reemplazado
aquél carrito por uno tirado por un caballo y
techado. Cursaba por entónces el colegio nacional
en el “Villa Larroque”. Algunos pocos alumnos
recuerdan a Quico como muy vivaz e inteligente.
“Al profesor de Matemáticas, lo daba vuelta,
sabía más que él”, evocó Arminda Cabrera.
Alfredo recibió su título de bachiller en 1961,
dentro de una escuálida promoción de apenas ocho
estudiantes. Estaba orgulloso de poder darle esa
satisfacción a sus padres. Pero tras los festejos,
resultó obvio que el pueblo ya no tenía nada que
ofrecerle. Así fue que se marcho a Buenos Aires
con unos pocos pesos. “Quería estudiar
ingeniería química porque le interesaba el petróleo”,
recuerda su hermano Carlos. Pero la falta de
dinero lo condujo a buscar trabajo, y lo consiguió
como ayudante de pala en una panadería, donde
probablemente haya observado con atención el
modo mafioso en que se regulaban los precios del
sector, gremio desde donde hace mucho
menudean los pequeños atentados para disciplinar
a los advenedizos que pretenden vender pan
más barato o poner despachos en zonas que no
fueron previamente acordadas.
Más tarde trabajó en Burroughs como vendedor y
reparador de máquinas de oficina, “uno de los
mejores”, según se enorgullecía. Uno de sus
mayores éxitos fue proveer de máquinas a la petrolera
estatal YPF, ocasión en la que conoció a Diego
Ibañez, quién pronto, tras ser asesinado Adolfo
Cavalli, se convertiría en el secretario general
del poderoso Sindicato Unico de los Petroleros del
Estado (SUPE).
Yabrán y varios de sus amigos, entre ellos
Alejandro Barassi y Alberto Isaac Chinkies, tuvieron
que irse de Burroughs cuando quedó claro que
cuando ellos hacían buenos negocios, no
necesariamente los hacia la empresa. Desde
entónces Barassi y Chinkies gozaron de la confianza
de Yabrán, quien los designaría sucesivamente
presidentes de su empresa insignia, OCASA.
Yabrán y Barassi ingresaron en Transportes
Juncadella SA, la empresa transportadora de caudales
de los hermanos Enrique (comodoro retirado) y
Amadeo Juncadella, estrechamente relacionada
con las Fuerzas Armadas y de Seguridad y los
servicios de informaciones. Fue allí donde progresó.
Mucho.
A mediados de 1975 gobernaba la viuda de Juan
Perón, María Estela Martínez (a) Isabelita, y se
registraba el apogeo del poder del superministro
de Bienestar Social, José López Rega (a) El
Brujo, principal impulsor del terrorismo estatal
de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) o
Triple A. Fue por entónces, más precisamente el
28 de junio, cuando Yabrán y su esposa, Cristina
Pérez, aparecieron como dueños mayoritarios de
una empresa surgida de las costillas de
Juncadella: la Organización de Clearing
Argentino SA (OCASA) con 130.000 acciones. Más que
las que permanecían en manos de los hermanos
Juncadella.
Este gran salto que hubiera hecho palidecer de
envidiada a Mao Tsé Tung, sigue envuelto en
brumas. Crónica, diario para nada hostil al
misterioso empresario desaparecido, publicó
sucesivamente dos versiones acerca de sus
razones. La que podríamos llamar versión Heidi es:
"parece ser que con los ahorros y una
indemnización que le pagaron en Juncadella, Yabrán se
compró un camionicito y comenzó a distribuir
encomiendas y cartas dentro de la Capital Federal y
el Gran Buenos Aires con OCASA, y, como quiera
que el transporte de correspondencia era
monopolio del correo
estatal, la de Yabrán -aunque tolerada por los sucesivos gobiernos- era una
actividad clandestina pero floreciente que le
permitió hacerse rico de la noche a la mañana”.
Esta versión coincide con lo expresado por el
propio Yabrán: "Un amigo empresario (se supone
que Amadeo Juncadella) me ofreció el 50 por
ciento de OCASA, una empresa muy pequeña que
prestaba preferentemente servicios a los bancos.
Como nosotros éramos eficientes y el correo un
desastre, empezamos a tentarnos con nuevos
servicios, nos gustó y desarrollamos la OCASA
pujante que hoy se conoce, de la cual soy en la
actualidad el accionista mayoritario".
Yabrán dio esta explicación al enviarle una
carta a la revista Noticias, la que puntualizó luego que
en realidad Yabrán se hizo con el control
absoluto de OCASA, ya que su mujer también había
adquirido acciones. Yabrán pasó a ser, junto con
su esposa, María Cristina Pérez, el principal
accionista de OCASA, aun con mayor poder que sus
antiguos jefes, Enrique y Amadeo
Juncadella.
La otra versión de cómo Yabrán desbancó a los
Juncadella pertenece también a Crónica. Resulta
más verosímil: Yabrán habría hecho una fortuna
"en Florencia, Italia, donde fundó una empresa
asociado con el presidente de Libia, Muhammar
Khadafi", dice escuetamente.
Khadafi acababa de hacer un acuerdo con López
Rega, estaba asociado con el Grupo Agnelli y el
mismísimo Vaticano en la producción y venta de
armamentos. Es decir, con la Logia
Propaganda-Due de Licio Gelli, integrada en
nuestro país, entre otros, por el almirante Emilio
Eduardo Massera y el general Carlos Guillermo
Suárez Mason.
Originalmente, OCASA había sido pensada por los
hermanos Juncadella como un muletto de
Juncadella, que con 300 camiones valuados cada
uno entre 50 y 70 mil dolares, controlaba el 70
por ciento del movimiento de efectivo en la
plaza bancaria.
Juncadella fue en su origen una empresa familiar
fundada en 1932 por el inmigrante catalán
Francec Juncadella. Desde entónces tuvo un
crecimiento sostenido, aunque razonable, hasta que,
como varios de los que más tarde conformarían
los grupos económicos mas poderosos del país,
experimenta un boom a partir de 1976, al amparo
de la tablita de José Alfredo Martinez de Hoz y
su curiosa -y no menos funcional a los rapidos
negocios privados- doctrina de la subsidiariedad
del estado.
Mientras José Alfredo y su amigo, el ex ministro
del Interior Albano Harguindegui, iban de safari
al Africa, Amadeo Juncadella se dedicaba a otra
clase de caza mayor. Fue así que para el ocaso de
la dictadura militar tenía ocho filiales en
Brasil (bajo los nombres de Minaseorte SA y Prosegur
SA), y sucursales en Paraguay (Prosegur Paraguay
SA), Chile (Prosegur Compañía de Seguridad
SA), Uruguay (Transportadora de caudales
Juncadella - Musso SA), Estados Unidos (Prosegur
Incorporated), España y Lugano (Suiza).
Para entónces hacia rato, desde 1980, que Yabrán
tenía todo el paquete accionario de OCASA.
Los negocios colaterales al transporte de
caudales pueden ser todo lo fructíferos que las
disposiciones bancarias y la inflación lo
permitan. Desde la inversión en las mesas de dinero de los
sueldos de los empleados del estado
"distraídos" por tres o cuatro días (recuérdese que, por
ejemplo, hasta muy entrado el año ‘83, momento
en que las autoridades recordaron que tenían un
banco, el pago de los sueldos de empleados de la
Municipalidad de Buenos Aires estuvo a cargo
de Juncadella), la violación de la norma que
establece la obligatoriedad del encaje bancario hasta
el transito ad eternum de los fondos de
entidades amenazadas de embargo, Juncadella y OCASA
incurrieron en todas.
En las primeras extensas periodísticas sobre las
actividades de Yabrán, los periodistas Alberto
Ferrari y Alberto Ronzoni (ver La biclicleta blindada
I y II, publicadas en el mensuario
cooperativo El Porteño a fines de 1987)
afirmaron que OCASA fue, en origen, un invento de
Juncadella para forzar y ganar nuevas
licitaciones en los Bancos de La Nación y la Provincia de
Buenos Aires, proceso que se puso en marcha tan
pronto como los militares asaltaron el poder el
24 de marzo de 1976.
El nuevo ministro de economía, Martínez de Hoz,
nombró director del Banco de La Nación a su
amigo -e hijo del dueño del Banco Ganadero- Juan
Ocampo, quien ocupó su despacho en el
imponente edificio de Rivadavia y Balcarce en
compañía del coronel Rómulo Colombo, designado
al frente de la gerencia de personal. Colombo
cesanteó a más de cien empleados alegando razones
gremiales y políticas. En el interín, otros
veinte trabajadores pasaron a engrosar la lista de
"desaparecidos". Mientras el coronel
hacía esta "limpieza" que garantizaba la ausencia de
protestas, Ocampo ordenó reacondicionar los
camiones blindados del Banco Nación en los talleres
del tercer subsuelo. Cuando estuvieron listos,
los puso a la venta. Los compró Juncadella a precio
vil. Desde entónces, aquellos mismos camiones,
ahora con el nombre de Juncadella en grandes
caracteres, se encargaron del grueso del transporte
de caudales del Banco Nación, que en la
práctica se había quedado sin flota propia.
La historia es sencilla y de tan repetida, casi
rutinaria. Si bien en sus negocios con las empresas
privadas proveedoras de servicios el estado
argentino actuó tradicionalmente como un gigante
descerebrado y manirroto, aquellas nunca dejaron
de advertir la conveniencia de contar con
competidoras de paja que presentaran
presupuestos "optativos" en las distintas licitaciones. Cae
de maduro que el sentido de este recurso, que en
términos elegantes se denomina “cartel” es el
inverso al que se espera de la libre
competencia. Para decirlo de otro modo, siempre es preferible
asaltar al gigante en banda que hacerlo de a
uno.
Es este principio rector que dió nacimiento a
OCASA, producto de un acuerdo entre Juncadella y
OCA, uno de los correos privados más antiguos
del pais, con sede en Córdoba y participación de
la Fuerza Aérea.
En 1976 Juncadella desistió de continuar
prestando un servicio al Banco Provincia que le
resultaba poco ventajoso, solicitando que se
convocara a una licitación. Los militares, que se
habían adueñado de todos los resortes económicos
a sangre y fuego, accedieron. A la convocatoria
se presentaron dos oferentes: la propia
Juncadella y la novel OCASA, que con suerte de
principiante se alzó con el contrato a pesar de
haber licitado por valores muy superiores a los que
el banco solía pagar. Naturalmente, el precio de
Juncadella era todavía mayor.
“OCASA carecía de camiones y fue preciso pintar
de amarillo y negro varios de los grises de
Juncadella", escribieron Ferrari y Ronzoni.
OCA puso en venta su parte del paquete accionario de
OCASA a los hermanos Juncadella, disconforme con
"algunas cosas raras que constituían
recursos comerciales empleados en el
mercado", pero Yabrán logró evitar que los Juncadella le
quitaran el manejo de la empresa, a la que hizo
crecer de manera vertiginosa a partir de 1979,
cuando se convirtió en la principal
permisionaria de Empresa Nacional de Correos y
Telecomunicaciones (Encotel).
OCA no vendió su parte sólo por “algunas cosas
raras”. Estaba asfixiada porque Encotel le había
iniciado una demanda de 8 millones de dolares
por incumplimiento de contrato.
Ferrari y Ronzoni escribieron a fines de 1987
que ese juicio se había definido hacía “pocos meses
con un resarcimiento menos oneroso: OCA, ahora
perteneciente al grupo Yabrán, se compromete
a trasladar 30 kilos de correspondencia diaria
hasta Rosario durante 10 años".
Naturalmente, Yabrán había comprado OCA con el
compromiso de asumir los costos del juicio de
Encotel, el correo estatal que logró penetrar
hasta convertirse en el poder detrás del trono durante
los años de la dictadura, poder que no solo
decreció, sino que se consolidó durante los primeros
años de democracia.
Es lo que explica que Yabrán haya logrado
cambiar el pago de 8 millones de dolares a Encotel,
por 3.650 viajes de OCA a Rosario, a razón de
2.200 dólares cada uno.
Que OCA, OCASA y Juncadella estaban cuando menos
cartelizadas era obvio, pero lo que no
resultaba por entónces tan obvio era que el
control del “cartel” no había quedado en manos de los
hermanos Juncadella, sino del testaferro que
éstos habían puesto al frente de OCASA. Es decir, de
Yabrán.
¿Cuándo Yabrán logró subordinar a los
Juncadella? Fue un proceso y es difícil definir una fecha.
Según la historia echada a rodar por Crónica,
Yabrán tuvo que escapar de Italia a mediados de la
década de los 70 perseguido por la DEA, que lo
acusaba de ser un experto blanqueador de dinero